miércoles, 30 de diciembre de 2009

Distancias

Les vamos a decir, les vamos a explicar que siempre habrá personas que están más juntas y funcionan mejor de a dos si las separa la distancia.
Trataremos de que entiendan que así como las nubes se unen entre sí y forman formas tontas; que así como explotan sin razón dos bombas en un sitio, un mismo lugar; así como dos almas que se encuentran se abrazan mutuamente, como abraza el sol las flores en verano y las mata, así fue lo vivimos vos y yo, y les diremos que fue hermoso, que fue la vida toda y que fue nada haber traído tanto amor entre nosotros porque fue una bendición y fue algo que jamás imaginamos, porque fue el todo que aún nos guía, lo que necesitábamos en esta vida, aún cuando después de esa explosión ya no haya nada, aunque las nubes formen formas tontas, aunque exploten las bombas asesinas, día a día, de dos en dos, un mismo lugar, un mismo sitio y las almas de nosotros ya no puedan encontrarse, ya no más.
Aunque no haya entre nosotros más “mañana”.


Ya sé que no sabremos explicarles cómo es que viene doliendo este dolor. El tiempo les dirá. El tiempo nos dirá.
El tiempo siempre es quien nos habla.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Lágrimas

Vos dejá que llore, que a lo mejor un día se me pase y yo me olvide de todas esas cosas que una vez me lastimaron, me vuelva a sacudir la mugre de la ropa y me vuelva a levantar una vez más.
Vos dejá que yo me tire unas horitas en la cama y así vestido, duerma y sueñe sueños que te duelan, y vas a ver que cuando me despierte, cuando logre despertar (y te des cuenta que estoy bien, que ya ha pasado todo) voy a estar un poco más tranquilo, al asumir que son sueños, sólo sueños o algún triste dèja vu que pensé que imaginé que imaginaba.
Vos dejá que yo esté triste un par de horitas, o tal vez un par de días.
Pero triste al mango, sí? Con toda la tristeza, con toda la amargura que sea posible que yo tenga, y vas a ver que cuando yo termine de llorar voy a ser de nuevo ese, el que vos querrías siempre que yo fuera.
Pero vos dejá que llore, dejá que yo me muera ahogado en los recuerdos que más duelan, para así cuando tenga que salir, cruzar la puerta, irme de aquí, cuando tenga que enfrentarme a un día hermoso, a plena luz, (un nuevo día) no sienta que es extraño andar sin lágrimas. No sienta que es extraño estar feliz.

Pero vos dejá que llore, que también a veces está bueno andar gastando lágrimas por alguien que sabés que nunca pudo amarte, por alguien que sabés que jamás pudo sentir.

lunes, 14 de diciembre de 2009

In vain

-”Necesito escaparme. Llegar a algún lugar seguro en donde…”- pensaba mientras armaba un bolsito con dos o tres mudas de ropa sacadas al azar de ningún lado.
Planificaba sus cosas así, de improviso; pensando en caliente y sin preocuparse por lo que hubiera de suceder después.
No estaba en sus planes razonar.
Aunque esta vez sabía que era necesario escapar.
A cada segundo su piel se hacía menos suave. Y empalidecía. Se llenaba de arrugas, se volvía seca, mustia. Como esas flores que pasan un tiempo prolongado arriba de un ataúd y al final te piden pido. Como las hojas del otoño, ésas hojas del otoño que se pisan y hacen ‘crack’ cuando se quiebran.
Envejecía más rápido. Y lo sabía.

-”Algún lugar en donde…”- quería pensar, y no podía completar su pensamiento.

Justo él. Él estaba envejeciendo. Él, que siempre había querido mantener su capacidad de curiosidad y de asombro intactas. Él, que adoraba caminar bajo la lluvia, o empañar los vidrios con su aliento en el invierno y dejar dibujos, o tal vez algunas frases sueltas para mirar después cómo se desvanecían.
Él, que siempre había querido ser un niño. Que siempre había soñado con la idea de fugar el alma hacia algún país inexistente, a algún lugar en donde no existiera la tristeza ni el dolor.
A algún lugar imaginario.
(-”A algún lugar en donde…”-) quiso pensar y no pudo.
Se moría. A cada segundo se moría. Y lo podía presentir dentro de sí.
-”Algún lugar…”- repetía cada vez más desesperado, como si el aliento estuviera abandonándolo, como si el cuerpo estuviera abandonándolo (o era él quien esta vez abandonaba a su cuerpo?) y las cosas que alguna vez hubo de soñar quedaran inconclusas.
Inconclusas.

Alcanzó a cerrar el bolso antes de caer sobre la alfombra. Y ya no hubo nada más después de esa última caída.
Lo encontró la mujer que limpiaba la pensión donde vivía. La única persona que osaba dirigirle la palabra. Ella lo encontró.
El trámite fue rápido y conciso. El forense que lo vió no gastó muchas palabras de su extenso vocabulario médico en ese último diagnóstico: “Paro cardirespiratorio no traumático”.
Aunque arriesgan los que saben, las personas que dicen que lo pudieron conocer, que se murió de tristeza.

Yo sé bien de qué murió.
Yo sé bien que el último día de su vida, en esa misma tarde, había decidido escapar.
De la soledad, quería escapar y se escapaba. Pero lo hizo tarde.
Y en vano.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Hasta Siempre!

Supongo que alguien está alisando la solapa de ese traje que jamás te he visto usar, y tu madre arreglará después el nudo, en la corbata más horrenda que haya visto yo en mi vida.
Acá no hablaron de cómo hacer para dejarse ir como te fuiste vos ayer, ni de cómo arreglárselas para que el corte de mangas a los cansancios que me quedan no sean la pedrada a los vidrios de una iglesia; no hablaron nunca de eso, las crónicas del día.

Que hay de las cosas que tenías que enseñarme?
Cuántos eran esos muros que me ibas a ayudar a derrumbar?

Vos no te das ni puta idea, el hueco que me queda acá, en el pecho.
Vos no te das ni puta idea, las sombras que se asoman por la puerta.
Vos no te das ni puta idea de lo que va a ser volver a comenzar otro año, sin vos.

Sentimiento Impalpable


Esto recién comienza...

jueves, 3 de diciembre de 2009

En

Por el intestino mismo de las cosas que no tengo, de los días que han pasado y el escalofrío turbio de la soledad, por la espina dorsal de aquellas cosas que han abierto heridas y han inscripto tiempo y llanto, por el costado gris de la mediocridad.
Por los oscuros laberintos de la mente, por los subterráneos de la felicidad que ya no está. Por esas galerías congeladas en donde esperan los que alguna vez se fueron, en donde están los que no están.

En cuerpo y alma, en el color, en los sonidos, en las formas, en lo que fui y en lo que ya no más, en todo aquello que he vivido, en lo que aprendí a callar, en lo que amo, en todo lo que odio, en las cosas que mueren poco a poco dentro de mí, en los olores, en las visceras, en las cosas descompuestas, en lo que no podré solucionar; en los gritos y en la música, en las palabras, la armonía, en los trozos de papel en los que escribo, en los muertos pensamientos, en las naturalezas muertas, en las ideas que no tengo, en lo que ya no sé olvidar.

Por el filo de la angustia, en el borde del horror, a la orilla de todas nuestras cobardías y alejado del amor.
Caminando ciego. Sintiendo sin sentir.

Así estoy yo si me buscás, si me encontrás.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Icono

IMPALPABLE...


Próximamente.

domingo, 29 de noviembre de 2009

De ida y vuelta

En la canción que están pásando por la radio, se escucha una minita cantar:

“No se necesita respirar para documentar que estamos vivos.”

Yo pienso en todas esas veces que me quedé despierto por las noches, mirando a través de la ventana, tratando de separar las cosas muertas que desfilaban por la calle, a las cuatro o a las cinco de la mañana, tratando de separarlas de algo que esperaba que pasara y que (para mí) fuera mejor, que valiera la pena, que me dejara cosas que no fueran otra pelicula de terror. Pienso en las cosas que soñaba ver llegar por la vereda y golpearme la ventana. Pienso en todas las veces que cerré los ojos y me despertaron los primeros autos que pasaban por la calle, ya de día, en la mañana, y en cómo lamentaba una noche más, perdida, esperando algo que supuse que nunca iría a alcanzar.

A pasitos de la terminal están mis sueños. Un boleto en micro hacia ningún lugar y las ansias de volver a comenzar o en una tarifa bien cobrada hasta el aeropuerto Taravella está la ida. La salida.

Partir.
Viajar.
Llegar.

A quién le habré contado de esos sueños que tenía y nunca pude concretar? Y cuántos son los días que lloré por esas cosas que se habían terminado sin poderlas comenzar? Quiénes son los que llegaron hasta mí con una lágrima igual y una caricia? Y quiénes son los que vinieron a mirar que estaba roto y desarmado y nada más?

En Avellaneda y Garibaldi está la vida. La misma gente que camina y que ama, llora, cree, vive, odia, besa y que celebra la emoción constante de la vida, la emoción constante de sentir que afuera todo es vida porque se han permitido el lujo de creer que es cierto, que están vivos por el sólo hecho de salir a caminar.
En Avellaneda y Garibaldi está la gente que no quiero ni mirar.

Y aquí dentro, en la canción que están pasando por la radio, se escucha una minita cantar:

“No necesitamos nuestros huesos para saber que ya nacimos. No necesitamos estar juntos, estar bien, sufrir, amar. No necesitamos olvidar.”

Aquí dentro siento el peso de mis huesos, cada vez más muerto, más enrarecido el aire que respiro, más pesados los caminos por andar. Amanezco una y otra vez bajo mi piel y sin remedio; lo bueno no viene más a mí, si no es en frasco chico y a un mal precio, y lo que pago por la tranquilidad y los silencios me aleja de las cosas que, me dicen, debería conocer.
Y conocerme? Y saber quién soy o quién he sido?
Lo sé; nadie borrará las manchas. Nadie apagará los gritos. Nunca olvidaré los ruidos, los pasos, los latidos que escuché detrás de cada mundo, de cada habitación en la que estuve.
Detrás de cada pared, otra pared.

“No se necesita respirar para documentar que estamos vivos. No necesitamos nuestros huesos para saber que ya nacimos. No necesitamos olvidar.”

domingo, 22 de noviembre de 2009

Treinta Denarios

Respirar profundo, abrir los brazos; dejarlos en cruz como hace un Cristo que se está viniendo abajo. Preguntár por cuánto tiempo más vas a tener que rezar por un milagro, ése, el que estabas precisando, y estornudar sin taparte con el dorso de la mano.
Caminar rápidamente, llegar a ningún lado, dejar llena de marcas la pared, desestimar los días malos. Rechazar el vino en caja, las aceitunas viejas, los quesos rancios.

Tener las bolas suficientes para tirar la vida a la marchanta, jugar la última carta al todo o nada. Sostenerle la mirada al diablo. Y darse cuenta de que por pancho se ha perdido lo que costó un perú ganar y que los besos, los abrazos, la felicidad de ésa, la gente que te dice que te quiere, a veces están llenos de un odio inexplicable y que tu amor vale, para ellos, mucho menos que aquellos, los famosos treinta denarios.

Respirar profundo, abrir los brazos; dejarlos en cruz como hace un Cristo que se está viniendo abajo. Preguntár por cuánto tiempo más tendrás que esperar por tu milagro, ése, el que estabas precisando, y saber que vas camino del camino de las cosas que se mueren, que los abrazos, los besos, y hasta la felicidad son verso sobre un verso que no existe porque alguien se ha encargado de ponerle un precio sin valor hasta al amor, hasta al aliento contenido, hasta al aire respirado.

martes, 17 de noviembre de 2009

Lo que no comprendo

Ya estás ahí. Ya sos memoria triste, te has ido convirtiendo poco a poco en un recuerdo. Ya sos una etiqueta de diez para calmar las ansias mal paridas de no verte cuando sueño, para calmar esto que soy cuando te sueño, para no ir a la terraza y escupir las mil puteadas con las que me atoré en el desayuno esta mañana. Para no vomitar el desayuno y todo este amor que hoy está muerto.

Y estás ahí. Te veo ahí. Ya sos otro recuerdo.
A veces, el planeta entero se cubre de agujeros y voy quedándome sin sitios adonde ir a morirme; es entonces cuando necesito creer en ese dios que me da la manito que preciso y que no tengo, como para entender que no todo está vacío y que no todo está prohibido y que no todo es tan absurdo como pienso, como para entender que las cosas que me salen porque sí, como tratar de alcanzarte mientras te vas picando los championes, rayando el suelo, no es tan errado como creo, y que a veces, sólo a veces, el culpable no soy yo.
Qué querés que diga: A veces me doy un cachito así de amor.
Pero no lo consigo disfrutar. Y a eso tampoco lo comprendo.

Tampoco entiendo el por qué de las cosas que me vienen sucediendo. No entiendo el por qué del cielo abierto, los escapes hasta el alma, los días que pasan como yéndose en silencio, las pesadillas que parecen realidad en un momento, el sueño siempre el sueño, el que no consigo conciliar.

No entiendo el por qué de las cosas que suceden. No entiendo el espanto de estar así, viviendo. No entiendo el espanto de ser yo.
O por qué este poquito que soy se va pudriendo.
Jamás entenderé que las personas que yo quiero se transformen por defecto, como vos, en un recuerdo. O que lo hermoso dure lo que dura un gringo allá en el Bronx. Un sudaca en Barcelona. Un negro en Texas. Un moishe en Auschwitz.

Lo que resta de mí en tus deseos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Going up nowhere


Pronto, cuando todas las personas
que conozco se den cuenta de cuán pajero soy, festejando las cagadas que decís cuando llamás si es que llamás, cuando todos los amigos se miren, y rían cómplices, en alguna reunión de gente que no quiero ver si acaso lloro porque te fuiste y me dejaste
con un vasito en la mano;
pronto, cuando todos se den cuenta de que estoy pero no estoy porque hace rato estoy enfermo, porque hace rato estoy un poco más allá; cuando los mil teléfonos no suenen, los faxes no faxeen, los sueños no me quemen y ya no pueda reciclar; cuando tenga a mano el carnet de la mutual, un ancho de espadas en la frente, la llave del portón del frente, las piedras en las que siempre me tropiezo, los accidentes en los que siempre estoy presente y una flor
marchita en el ojal.
Pronto, cuando quiera mandar todo a la mierda, abandonar el crédito del banco de la risa, las angustias o las cosas que no sé solucionar, cuando me espere un coche cama y un estuche de madera, cuando mire y no haya luna llena que me quiera iluminar..

Pronto, las cosas que se agitan como fieras acá, acá y acá..
..ya no me van a molestar.

martes, 3 de noviembre de 2009

Segundo inventario

Me gustan, por ejemplo, los sábados de asado de domingo, los amigos puestos hasta el hueso, la sprite con limón, los gallegos aburridos sin sus cuentos y también el vino tinto con soda y poco hielo, las amigas que siempre están con su sonrisa, horizontal o vertical.

Revolcarme en el suelo como un perro, cuando me cagan a trompadas mis dos sueños, sueñitos de pecho argento futbolero que no saben si me fui o si estoy volviendo. Mirarlos crecer y sentir que voy envejeciendo como quiero. Casi casi ya sin arriesgar la integridad física o moral.

Los momentos en que olvido que estoy vivo y paseo a contramano de los corsos que se van. Tomar la ruta de los riesgos verdaderos, convertirme en Víctor Sueiro, sin dejar pasar la oportunidad de derrapar. Estar de pie a pesar de todo y no sentirme un pobre tonto. Después de todo, saber que no la he pasado tan tan mal.

Los llamados a las tres de la mañana y que estés si vas a estar, aunque sepa que es una puta casualidad. Que me moleste cuando te chifla el moño y te mandás a mudar, adonde mierda sea que te vas. Los amigos que no vienen y me dejan aire libre y lugares para andar. Adoro su elegancia para no ver si estoy en falta. Y que sepan que, efectivamente, soy un perfecto pelotudo. Adoro su capacidad de comprender que tal vez yo ya nací en off-side.

Las frases que escribo en papelitos y que escondo con la esperanza de que me gusten cuando las vuelva a encontrar. Tirarlas a la mierda cuando estorban en la casa. El quilombo en las películas y los discos. Los libros que perdí, y también los que voy a regalar.

Los sánguches de miga después de un día sin probar puto bocado. Cagarme de risa con los programas de Méndez o Cuadrado. Mandarles mensajes con la esperanza de que los pasen al aire porque los hice enojar.

La lista de pecados que olvidé y también los que hoy por hoy estoy pagando. Las excusas que ofrecí para no quedar como un tarado. Las más inverosímiles. Las que nunca me creyeron. Las que pasaron por el aro. Las críticas boludas que me paso por los huevos. Las otras, las que acepto, porque me dicen con estilo que soy un pelotudo y soy la suma de la nada. Las que me dejaron algunas enseñanzas y que ya no voy a olvidar más.

Sentir que estoy teniendo una cierta puntería. Alegrarme de que mi vida sea mía.

Mandar las tradiciones, los prejuicios familiares, las enseñanzas de mis padres a cagar.

jueves, 29 de octubre de 2009

Vereda

Algunas veces (no te voy a engañar) yo paso por tu casa y juego a imaginarme que salís por la ventana y sonreís sin hablar. Algunas veces me equivoco o me olvido que vos ya me olvidaste y voy caminando despacito, comiéndome centímetro a centímetro los pasos que doy por la vereda, hasta llegar justo debajo de donde está, abierta como un mundo, tu ventana. Y no salís.

Sos vos la que no está.

Cuando llego a la esquina me doy vuelta esperando que las cosas, todo lo que imagino, se haga realidad. Y vos nunca salís. No veo ni siquiera tu sombra moverse detrás de las cortinas o dentro de la casa. No veo a tu gato, no escucho esa música de mierda que escuchás y es raro; tampoco puedo sentir nada.
Dolor, angustia o lágrimas. No siento nada.

Sos vos la que no está.

Yo creo que los días, las horas, las semanas, me dejaron de lado como siempre. Yo creo que la gente tiene razón cuando me dice que la memoria termina por matar a los más débiles, y entonces miro el piso, las baldosas, la vereda de tu casa. Y me voy sin escuchar, sin sentir cosas bonitas. Me voy sin decir nada.
Y creo que vos nunca estuviste.

Sos vos la que no está.

domingo, 18 de octubre de 2009

Acerca de la felicidad

La felicidad no siempre es alegría. A veces es también como un silencio en las personas, en los teléfonos que no vas a atender, y te retumba en la cabeza como un bombo peronista, una peregrinación hasta Luján, y se ajusta, como boina radical a las cosas de tu vida que más duelen, que pensás que no podés solucionar.

Así ya no sentís que estás desorientado.
Así creés que nunca más van a poderte lastimar.

La felicidad son tres o cuatro amigos que se van para dejarte más espacio. No dejan fuegos encendidos, árboles caídos o caminos detenidos, pero están cerca por si acaso; alerta, por si te ponés pesado, por si el juego idiota de las lágrimas es una opción que estás volviendo a considerar.

Así, las cosas que suceden ya no son tan importantes.
Así vale la pena intentar cambiar el rumbo una vez más.

La felicidad, a veces es tristeza por las cosas que terminan sin remedio, imágenes que proyectás en la pared como en un sueño, una, dos, mil veces, y también tratar de comprender que no son tan amargos los finales ni tan dulces los estrenos, que lo nuevo tiende siempre a hacerse mierda, que lo viejo tiende siempre a mejorar.

Así sentís que estás en armonía con la gente y con tu vida.
Así no te sentís un puto extraterrestre, jugándola en off side

Son horas que no vuelven.
Es todo aquello que has dejado atrás.
Es algo de cuidado, una cuestión muy extraña, la felicidad.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Extraño

Qué extraños estos días en que vivo, rara la fe, raro el azar, las estaciones, qué extraño rumbo se dibuja en mí y en estos días, qué extraña forma toma esto que siento, lo que pienso, lo que callo o lo que digo.
Qué rara mezcla de ansiedad, rabia, dolor; qué extraña sensación, saber que estoy hecho de olvidos…
Qué extraña esa fatalidad, que ya me enfrenta a las horas por venir, lo que me asusta; lo que habré de comenzar, lo que me espera, lo que ya no me imagino, y qué oscuro es lo que alcanzo a imaginar, qué grande me ha quedado el porvenir o qué pequeño que soy yo, qué insignificante esto que soy ante el embate del mañana, lo por vivir, lo no existido…

Siento sobre mí, ya el peso de lo nuevo, ya la tristeza de haber dejado atrás otros amaneceres, otra piel, otro camino.

O quizás alguna vez, lo que yo vivo y el pasado se bifurquen nuevamente, o quizás yo ya no exista y eso habrá de ser una salida a lo gris que me rodea, a lo que no sé cómo evitar, lo que lastima y que me duele.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Características

Ya sabés vos cómo pegarle un tiro en la cabeza a todos esos sueños que yo tengo, ya sabés cómo arruinar la fantasía y secar hasta la última gota de vida que hay en todo lo que quiero conservar.
Vos sabés bien cómo hacer para que yo no me imagine que alguna vez podré encontrar una salida a los grises que dominan estas cosas, este cuerpo casi muerto que yo soy, y sabés muy bien cómo poner mi corazón patas arriba, y sabés tapar el sol con una llaga abierta, una laceración que duele y que molesta aquí, en mi alma.
Ya sabés vos cómo hacer que yo no siga con las cosas que creí fáciles de ver, hermosas de soñar; sabés cómo tapar la luz que tengo aquí en mis ojos cada vez que se va el día.
La noche pasa y pasa y no llamás. Así estás matando las palabras. Por qué no dejás la oscuridad de lado y venís a intentar algo, y venís a que intentemos la poesía?

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Para poder dormir

Supongo que dormís bastante bien, ahora que pediste perdón dos mil quinientas veces por haber causado tanto daño.
Supongo que tus sueños son mejores ahora que lavaste tu alma; supongo que mañana a la mañana te vas a despertar con total tranquilidad, en paz con tu conciencia, sin recuerdos que molesten, sin sobresaltos.
Supongo que ahora ya no están las ansias que hasta ayer andaban rondando por tu alma, las ansias de saber qué fue de mí, por dónde andaba yo, si estaba bien, si todavía respiraba.
Yo estoy bien, sabes? Quería que supieras que estoy bien, no te preocupes.
Y quería que supieras que para poder dormir mejor las cosas que hiciste y también lo que dijiste, las cosas que me hacés sentir cada vez que me llamás están muy bien, me tranquilizan, me alejan cada día un poco más de vos, me están dejando cada día a dos millones de kilómetros de vos, lo cual es bueno para ambos, o sólo por si acaso, para que esta noche y todas las que vienen puedas dormir mejor que antes, a mano con tu alma y en paz con tu conciencia.

martes, 15 de septiembre de 2009

Otra forma de ignorarte, por ejemplo, es olvidar las cosas que nunca nos dijimos, las cartas que nunca nos enviamos; olvidar las direcciones que no existen, escuchar esos sonidos que no existen y oír atentamente el llamado que hizo nadie desde el umbral que nunca conocí en busca de respuestas que nadie otorgaría desde ningún lugar, desesperado.

No simpaticé con las personas que por casualidad jamás me presentaste; sólo me fui solo y en silencio a continuar en mi fracaso cotidiano (soy bastante gris y eso, creo, ya lo sabe hasta tu madre) y traté de no pensar después que jamás regresarías, que te había visto en ningún sitio.. Que te había estado imaginando.

Otra forma de ignorarte es, por ejemplo, sacudirme de la ropa ansias de otra noche sin dormir olvidando lo que aún no me ha pasado; limpiar las huellas del fastidio.

De dejar que se descubra que fui victima, y también el victimario, en historias que pudieron comenzar y que no hubiera sabido sostener: aprendí a nunca mentir en estos casos.

Tampoco me agradaron las miradas que pudiste y no quisiste dedicarme cuando al fin logramos encontrarnos; soy descortés, soy desconfiado, además de no gustarme los lugares que te gusta frecuentar, ni siquiera sé sentirme inteligente y si tengo razón, igual soy un tarado. Así que cuando quieras ubicarme tenés otras excusas, otra razón para evitarlo.

Otra forma de ignorarte es, por ejemplo, imitar lo que no sos, recordar lo que no sos, aprender de lo que no hubo para darnos; conocerte sin defectos, sin virtudes (en lo mediocre) y escucharte en lo que nunca hablamos, extrañar lo que nos dijimos nunca y llorar lo que nunca nos odiamos; aprender del tonto que yo soy sin tratar de remediarlo.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Edades

Era a la siesta, cuando el calor pesado hundía a los grandes en la abulia y el sopor, y no se escuchaban más que las chicharras en el patio que daba al descampado.
Saltaban el alambrado de los fondos, y se iban ocho o nueve chicos al terreno de atrás.
Ahí, bajo el sol asesino del verano, jugaban a darle palmaditas al dogo del vecino en la cabeza, y a sacar rápido la mano cuando se les venía encima el tarascón del animal. Acto seguido, corrían con el perro siguiéndolos por detrás, hasta que la larga cadena que lo ataba a un poste se tensaba por completo y ya le impedía darles alcance.
La risa, el susto, la adrenalina; todo eso en un cóctel explosivo que se disfrutaba mucho más al darse vuelta y mirar al animal babeando rabia, ahorcándose con el collar que sostenía la cadena, intentando comprender quiénes eran y “por qué eran” esas personas que lo molestaban una y otra vez sin llevarse nada, absolutamente nada de los enormes galpones que se levantaban a espaldas de su poste, su tutor, su carcelero.
Esta vez era el turno del más chico de ellos.
Se acercó despacio, sin ser visto por el dogo que, aparentemente olvidado de la intromisión reciente, dormitaba plácido a la sombra del único árbol que había en pie, en ese desierto de hierros retorcidos, de restos inútiles de automóviles y máquinas en desuso.
No dormía. Dormitaba.
Los sentidos alerta y la venganza animal revolviéndole las tripas y la escasa inteligencia.
El niño palmeó rápidamente su cabeza y salió disparado, a la carrera hasta los fondos de la casa, con el corazón en la boca y una transpiración fría en las sienes, sin darse vuelta, como si en un momento hubiera tenido la intuición de que no debía hacerlo, no debía hacerlo, que algo había fallado en ese instante.
Le bastó sentir la respiración del dogo a la altura de las piernas para entender que se había roto la cadena, que la frágil cadena que los había separado del peligro estaba rota, y el animal a centímetros de su presa. Él.
El dogo lo alcanzó. Y al alcanzarlo lo mordió.
El dolor fue tan absurdo y tan intenso, que en realidad no lo sintió.
Sólo atinó a mirar al animal, ya con las mandíbulas trabadas en él, en su pierna izquierda; un enorme dogo argentino cuyas mandíbulas buscaban desgarrar, romper, triturar la carne y deshacerse para siempre de quien había osado molestarlo.
Sangre. El niño vio la sangre y entonces, sólo entonces comprendió que perdía parte de la pierna, a la altura del tobillo.
Y se desmayó.

Al volver en sí, dos cosas lo extrañaron.
La primera fue que no había tanta sangre como había visto correr antes de perder el sentido. La segunda fue que no estaba ya en el patio, sino en un galpón lleno de luces fluorescentes, quizás el mismo galpón que cuidaba el animal que se había llevado parte de su pierna.

Y no se equivocaba.

Se miró a sí mismo, recorrió su cuerpo con la mirada un instante, y se vio embutido en un mameluco azul, con la pierna atrapada en los engranajes idiotas de una máquina y vió sus manos llenas de grasa, y vió sus antebrazos, gruesos, poderosos, llenos de vello y se vio a sí mismo, un hombre en una fábrica con una pierna atrapada en una máquina, con una pierna atrapada a la altura del tobillo en una máquina, a la altura de donde él había soñado, hacía instantes, que un dogo lo alcanzaba, con las fauces llenas de odio, con baba, estupidez; en donde hacía instantes la sangre había brotado hasta desmayarlo, qué raro era ver salir tanta sangre de una persona sola, qué raro era verse a uno mismo desangrándose, yéndose, dejando de existir.

Escuchó la orden de no moverse, de no hacer fuerza con la pierna; escuchó la orden, proveniente de ningún lugar.
Escuchó las sirenas ulular y detener su curso las otras máquinas de la fábrica.

En breve llegarían los médicos a asistirlo, y tratarían de sacarlo de ahí, lo más entero posible, salvar su pierna, salvar su sangre, su vida. y mientras tanto, él pensaría en aquel niño, en las trampas de la mente, en el sueño vívido que había tenido en aquel patio, en el olor tan exacto a mierda de perro, a baba de perro, a músculo de perro. A tendones, piel de perro, salvajismo, odio, idiotez de perro, un perro que lo había mordido tan pero tan fuerte, que en realidad ni siquiera había tenido tiempo de gritarlo, de llorarlo, de sentirlo.
Y así, pensando en todo eso, volvió a desmayarse.
Escuchó las voces, a medida que se tornaban inaudibles, y escuchó también un zumbido insoportable. Así era como moría la cordura?
Quién era él? Adónde estaba? Por qué creía estar en donde estaba y lo que la realidad le devolvía era solamente un espejismo de lo que él quería que fuera lo real?
Ahí volvía él. Quién? Él mismo. El niño que corrió asustado. El operario de la fábrica, embutido en un overol azul. El de las piernas, el del tiempo cojo, el de las realidades vagas, él.
Ahí volvía. Creyó otra vez que estaba allá en la fábrica, y soñó con los olores que venían de la calle, y pensó en los sitios que cruzaba, camino de la escuela o del trabajo, o camino tal vez a ningún lado, porque ya no sabía en qué tiempo era él, en qué tiempo transcurría su hoy, o tal vez ya no.
Y se incorporó en una cama fría de hospital, desesperado.
Quiso pedir explicaciones, quiso que alguien le dijera el por qué de lo blanco de su pelo, el por qué del ánimo que estaba echando en falta.
El por qué de ese dolor que era.
Descorrió las sábanas, con ánimos de huir a ningún lado, y descubrió con espanto, que el dolor que sentía allá en su pierna era el dolor de lo que ya no era, porque su pierna ya no estaba, porque había sido amputada y un muñon por encima de la rodilla y luego nada más.

Entonces comprendió que lo que había soñado, en realidad nunca hubo de existir, o tal vez que el presente que vivía ya se había fundido en el pasado, y que las cosas que vivía no tenían un hoy, porque el hoy no duraba sino que transcurría y ya no había forma de medirlo.
Un niño, un hombre, aquel anciano. Él era todas las edades a la vez, y a la vez ya era el tiempo, porque el tiempo, el inexorable ya estaba golpeando a su puerta, ya lo llamaba a la vida, de nuevo lo buscaba.

Sólo atinó a sentenciar un enigmático "Hasta cuándo?"