Absolutamente nadie sabía qué era lo que había detrás de aquella puerta.
Cualquiera que caminara por los pasillos sabía que estaba prohibida, que
probablemente estuviera sellada, y la llamaban ‘maldita’.
Aunque nadie había intentado trasponerla, el miedo que producían las
historias que se tejían alrededor, reprimían toda valentía, toda
curiosidad, cualquier intento.
Durante años había permanecido olvidada aquella puerta, como si el hecho
de ignorarla, de algún modo produjera un hechizo que terminaba por
tranquilizar a todos aquellos que sabían que, en efecto, la puerta
estaba maldita.
El resto del viejo edificio funcionaba con aparente normalidad; cientos
de oficinas con cientos de empleados públicos en ellas. Bloques y
bloques de abulia y burocracia. La apatía que reinaba en todas aquellas
reparticiones sólo se veía alterada cuando alguien recordaba u osaba
mencionar acerca de lo que ya no se hablaba. Cualquier comentario era
sellado con torvas miradas, o directamente, con adustos gestos de
desaprobación.
Pero, ¿cómo se había llegado a esas instancias? ¿Quién había descubierto
aquello? ¿Es que en realidad se había descubierto, o acaso el misterio
había nacido con la edificación? ¿Qué extraños y oscuros acontecimientos
sucedían detrás de aquella puerta, para que nadie se animara a hablar
de ella?
Había quien se aventuraba con historias de venganzas: un hombre
enemistado con un compañero de trabajo espera hasta el horario, y al
salir alcanza al otro para clavarle una navaja a la altura del hígado.
Otros hablaban de un suicidio, de apariciones que rondaban el lugar y
rechazaban cualquier intento de ingreso a todo aquel que no les
resultara conocido.
Fantasía o cosa cierta, los registros oficiales del edificio, poco y
nada decían acerca de esa oficina que parecía estar clausurada, cerrada
al público, negada a toda visita.
Sin embargo, quienes sin pertenecer a la repartición, transitaban los
pasillos con cierta asiduidad, comentaban que si bien no habían tenido
necesidad de entrar, oían dentro voces, ruidos de objetos trajinados, en
fin, signos de alguna actividad.
Alguien deslizó que ya iba siendo tiempo de poner fin a ese misterio.
Alguien deslizó que ya iba siendo tiempo de que alguien se atreviera a
entrar. Que el temor fuera dejado de lado y que alguien se atreviera a
abrir “eso”.
“Eso”, era la puerta. “Eso”, era lo que nadie se animaba nisiquiera a tocar.
¿Qué clase de extraña brujería había enterrado en un mal recuerdo
aquella habitación? ¿Qué clase de secretos escondía? ¿Qué milenario
conjuro había desterrado la luz, los pensamientos agradables de aquel
sitio?
Llevaba todos esos años cerrada al público, y sin embargo, nadie había
preguntado quiénes trabajaban, qué función cumplían, para qué estaban,
estuviese quien estuviese detrás de aquella puerta.
¿Y por qué se había estado todo ese tiempo sin averiguarlo?
Quizás a nadie le interesaba saberlo realmente.
Quizás se temía la verdad.
La tensión del elegido se sentía en el aire. Por unánime decisión, había
sido designado como responsable final de girar el picaporte de esa
puerta. Su miedo y su angustia se respiraban a partes iguales en el
ambiente enrarecido de aquella oficina pública.
A la hora señalada, el elegido estaba solo. Los demás fingían trabajar,
aunque resultaba demasiado evidente que todo el mundo estaba pendiente
de la puerta.
A la hora señalada, el elegido era como un muerto que deambulaba sin sentido ni razón.
A la hora señalada, el elegido se aferró nervioso al picaporte.
Todo se sacudió como en un espasmo. Y luego todo se detuvo.
Se podía oir hasta el silencio.
La puerta se abrió.
Dentro, dos cabezas giraron sorprendidas, mirando a quien había entrado.
-Buenos días-, dijeron al unísono. Sólo dos personas.
En el filo del miedo y el alivio, el elegido respondió cualquier cosa, que iba a otro piso, que se había equivocado…
-Hasta luego-.
Y con un suave golpe, la puerta se cerró.
El misterio se había sido resuelto. Dentro de aquella habitación no
había nada, sólo dos viejos empleados, hundidos en pilas y pilas de
expedientes.
Los miedos, tan reales ellos, construían otras tantas realidades en el alma de la gente.
Los miedos se habían asentado, formando una costra en la razón.
Todos respiraron aliviados, como si un peso les hubiera sido quitado de encima.
La puerta se cerró, y ya no volvió a ser abierta sin permiso.
Lo que nunca jamás se supo fue que la maldad habitaba en ese cuarto, en
los corazones apagados de esos hombres, que fingían trabajar, mientras
urdían planes para perjudicar o eliminar a quienes les resultaran
peligrosos o molestos.
Hola
Hace 11 años