sábado, 21 de agosto de 2010

Microrelatos (II)

Sintió un vértigo tremendo cuando el niño salió corriendo. Ahora estaba en peligro. Si el niño alcanzaba a decir algo, una mínima cosa, estaría perdido. No quedaba otra cosa que esperar. Rezar y esperar.
Una semana. Dos. Y la duda profunda, molesta y aterradora de si vendrían por fin o no a buscarlo.
Finalmente asumió que el niño había echado todo al olvido.
No importaba. Ya vendrían otros.

Ese Domingo, en la misa, dió uno de sus mejores sermones acerca de lo sagrado de la infancia.

jueves, 5 de agosto de 2010

...

Decíme que es posible silbar tu canción bajo la lluvia.
Decíme que es posible ir caminando hasta tu casa;
caminar las 20 cuadras que separan mi casa de tu casa
y golpear tu puerta silbando tu cancion bajo la lluvia.
Decíme que es posible caminar, Virgen de la Merced de ida y vuelta,
imaginándote parada en cada esquina,
esperándome llegar,
oyendo tu canción silbada por mí bajo la lluvia.

Decíme que son posibles las tormentas también, adentro mío.
Decíme también que no todo es paz adentro mío.
Decíme que me muero despacito
y que vuelvo a vivir en un momento
cada vez que cierro los ojos, cruzo los brazos
y vuelvo a imaginarte, sonriendo sin hablar,
parada en una esquina,
esperando no sé a quién,
mojada por la lluvia.

Decíme que es posible quedarme acá en mi casa
a imaginarte cuando llueve.
Decíme que es posible imaginar
que silbo tu canción bajo la luvia
mientras camino hasta tu casa.

Decíme que sí voy a encontrarte en ésa esquina.
Decíme que no es sólo mi imaginación
verte así, empapada,
sonriendo sin hablar, esperando no sé a quién
(supongo que a mí),
mientras camino hasta tu casa silbando tu cancion.
Decíme que nada es imposible.
Decíme que nada es imposible si hay amor.