lunes, 30 de noviembre de 2009

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IMPALPABLE...


Próximamente.

domingo, 29 de noviembre de 2009

De ida y vuelta

En la canción que están pásando por la radio, se escucha una minita cantar:

“No se necesita respirar para documentar que estamos vivos.”

Yo pienso en todas esas veces que me quedé despierto por las noches, mirando a través de la ventana, tratando de separar las cosas muertas que desfilaban por la calle, a las cuatro o a las cinco de la mañana, tratando de separarlas de algo que esperaba que pasara y que (para mí) fuera mejor, que valiera la pena, que me dejara cosas que no fueran otra pelicula de terror. Pienso en las cosas que soñaba ver llegar por la vereda y golpearme la ventana. Pienso en todas las veces que cerré los ojos y me despertaron los primeros autos que pasaban por la calle, ya de día, en la mañana, y en cómo lamentaba una noche más, perdida, esperando algo que supuse que nunca iría a alcanzar.

A pasitos de la terminal están mis sueños. Un boleto en micro hacia ningún lugar y las ansias de volver a comenzar o en una tarifa bien cobrada hasta el aeropuerto Taravella está la ida. La salida.

Partir.
Viajar.
Llegar.

A quién le habré contado de esos sueños que tenía y nunca pude concretar? Y cuántos son los días que lloré por esas cosas que se habían terminado sin poderlas comenzar? Quiénes son los que llegaron hasta mí con una lágrima igual y una caricia? Y quiénes son los que vinieron a mirar que estaba roto y desarmado y nada más?

En Avellaneda y Garibaldi está la vida. La misma gente que camina y que ama, llora, cree, vive, odia, besa y que celebra la emoción constante de la vida, la emoción constante de sentir que afuera todo es vida porque se han permitido el lujo de creer que es cierto, que están vivos por el sólo hecho de salir a caminar.
En Avellaneda y Garibaldi está la gente que no quiero ni mirar.

Y aquí dentro, en la canción que están pasando por la radio, se escucha una minita cantar:

“No necesitamos nuestros huesos para saber que ya nacimos. No necesitamos estar juntos, estar bien, sufrir, amar. No necesitamos olvidar.”

Aquí dentro siento el peso de mis huesos, cada vez más muerto, más enrarecido el aire que respiro, más pesados los caminos por andar. Amanezco una y otra vez bajo mi piel y sin remedio; lo bueno no viene más a mí, si no es en frasco chico y a un mal precio, y lo que pago por la tranquilidad y los silencios me aleja de las cosas que, me dicen, debería conocer.
Y conocerme? Y saber quién soy o quién he sido?
Lo sé; nadie borrará las manchas. Nadie apagará los gritos. Nunca olvidaré los ruidos, los pasos, los latidos que escuché detrás de cada mundo, de cada habitación en la que estuve.
Detrás de cada pared, otra pared.

“No se necesita respirar para documentar que estamos vivos. No necesitamos nuestros huesos para saber que ya nacimos. No necesitamos olvidar.”

domingo, 22 de noviembre de 2009

Treinta Denarios

Respirar profundo, abrir los brazos; dejarlos en cruz como hace un Cristo que se está viniendo abajo. Preguntár por cuánto tiempo más vas a tener que rezar por un milagro, ése, el que estabas precisando, y estornudar sin taparte con el dorso de la mano.
Caminar rápidamente, llegar a ningún lado, dejar llena de marcas la pared, desestimar los días malos. Rechazar el vino en caja, las aceitunas viejas, los quesos rancios.

Tener las bolas suficientes para tirar la vida a la marchanta, jugar la última carta al todo o nada. Sostenerle la mirada al diablo. Y darse cuenta de que por pancho se ha perdido lo que costó un perú ganar y que los besos, los abrazos, la felicidad de ésa, la gente que te dice que te quiere, a veces están llenos de un odio inexplicable y que tu amor vale, para ellos, mucho menos que aquellos, los famosos treinta denarios.

Respirar profundo, abrir los brazos; dejarlos en cruz como hace un Cristo que se está viniendo abajo. Preguntár por cuánto tiempo más tendrás que esperar por tu milagro, ése, el que estabas precisando, y saber que vas camino del camino de las cosas que se mueren, que los abrazos, los besos, y hasta la felicidad son verso sobre un verso que no existe porque alguien se ha encargado de ponerle un precio sin valor hasta al amor, hasta al aliento contenido, hasta al aire respirado.

martes, 17 de noviembre de 2009

Lo que no comprendo

Ya estás ahí. Ya sos memoria triste, te has ido convirtiendo poco a poco en un recuerdo. Ya sos una etiqueta de diez para calmar las ansias mal paridas de no verte cuando sueño, para calmar esto que soy cuando te sueño, para no ir a la terraza y escupir las mil puteadas con las que me atoré en el desayuno esta mañana. Para no vomitar el desayuno y todo este amor que hoy está muerto.

Y estás ahí. Te veo ahí. Ya sos otro recuerdo.
A veces, el planeta entero se cubre de agujeros y voy quedándome sin sitios adonde ir a morirme; es entonces cuando necesito creer en ese dios que me da la manito que preciso y que no tengo, como para entender que no todo está vacío y que no todo está prohibido y que no todo es tan absurdo como pienso, como para entender que las cosas que me salen porque sí, como tratar de alcanzarte mientras te vas picando los championes, rayando el suelo, no es tan errado como creo, y que a veces, sólo a veces, el culpable no soy yo.
Qué querés que diga: A veces me doy un cachito así de amor.
Pero no lo consigo disfrutar. Y a eso tampoco lo comprendo.

Tampoco entiendo el por qué de las cosas que me vienen sucediendo. No entiendo el por qué del cielo abierto, los escapes hasta el alma, los días que pasan como yéndose en silencio, las pesadillas que parecen realidad en un momento, el sueño siempre el sueño, el que no consigo conciliar.

No entiendo el por qué de las cosas que suceden. No entiendo el espanto de estar así, viviendo. No entiendo el espanto de ser yo.
O por qué este poquito que soy se va pudriendo.
Jamás entenderé que las personas que yo quiero se transformen por defecto, como vos, en un recuerdo. O que lo hermoso dure lo que dura un gringo allá en el Bronx. Un sudaca en Barcelona. Un negro en Texas. Un moishe en Auschwitz.

Lo que resta de mí en tus deseos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Going up nowhere


Pronto, cuando todas las personas
que conozco se den cuenta de cuán pajero soy, festejando las cagadas que decís cuando llamás si es que llamás, cuando todos los amigos se miren, y rían cómplices, en alguna reunión de gente que no quiero ver si acaso lloro porque te fuiste y me dejaste
con un vasito en la mano;
pronto, cuando todos se den cuenta de que estoy pero no estoy porque hace rato estoy enfermo, porque hace rato estoy un poco más allá; cuando los mil teléfonos no suenen, los faxes no faxeen, los sueños no me quemen y ya no pueda reciclar; cuando tenga a mano el carnet de la mutual, un ancho de espadas en la frente, la llave del portón del frente, las piedras en las que siempre me tropiezo, los accidentes en los que siempre estoy presente y una flor
marchita en el ojal.
Pronto, cuando quiera mandar todo a la mierda, abandonar el crédito del banco de la risa, las angustias o las cosas que no sé solucionar, cuando me espere un coche cama y un estuche de madera, cuando mire y no haya luna llena que me quiera iluminar..

Pronto, las cosas que se agitan como fieras acá, acá y acá..
..ya no me van a molestar.

martes, 3 de noviembre de 2009

Segundo inventario

Me gustan, por ejemplo, los sábados de asado de domingo, los amigos puestos hasta el hueso, la sprite con limón, los gallegos aburridos sin sus cuentos y también el vino tinto con soda y poco hielo, las amigas que siempre están con su sonrisa, horizontal o vertical.

Revolcarme en el suelo como un perro, cuando me cagan a trompadas mis dos sueños, sueñitos de pecho argento futbolero que no saben si me fui o si estoy volviendo. Mirarlos crecer y sentir que voy envejeciendo como quiero. Casi casi ya sin arriesgar la integridad física o moral.

Los momentos en que olvido que estoy vivo y paseo a contramano de los corsos que se van. Tomar la ruta de los riesgos verdaderos, convertirme en Víctor Sueiro, sin dejar pasar la oportunidad de derrapar. Estar de pie a pesar de todo y no sentirme un pobre tonto. Después de todo, saber que no la he pasado tan tan mal.

Los llamados a las tres de la mañana y que estés si vas a estar, aunque sepa que es una puta casualidad. Que me moleste cuando te chifla el moño y te mandás a mudar, adonde mierda sea que te vas. Los amigos que no vienen y me dejan aire libre y lugares para andar. Adoro su elegancia para no ver si estoy en falta. Y que sepan que, efectivamente, soy un perfecto pelotudo. Adoro su capacidad de comprender que tal vez yo ya nací en off-side.

Las frases que escribo en papelitos y que escondo con la esperanza de que me gusten cuando las vuelva a encontrar. Tirarlas a la mierda cuando estorban en la casa. El quilombo en las películas y los discos. Los libros que perdí, y también los que voy a regalar.

Los sánguches de miga después de un día sin probar puto bocado. Cagarme de risa con los programas de Méndez o Cuadrado. Mandarles mensajes con la esperanza de que los pasen al aire porque los hice enojar.

La lista de pecados que olvidé y también los que hoy por hoy estoy pagando. Las excusas que ofrecí para no quedar como un tarado. Las más inverosímiles. Las que nunca me creyeron. Las que pasaron por el aro. Las críticas boludas que me paso por los huevos. Las otras, las que acepto, porque me dicen con estilo que soy un pelotudo y soy la suma de la nada. Las que me dejaron algunas enseñanzas y que ya no voy a olvidar más.

Sentir que estoy teniendo una cierta puntería. Alegrarme de que mi vida sea mía.

Mandar las tradiciones, los prejuicios familiares, las enseñanzas de mis padres a cagar.