lunes, 28 de septiembre de 2009

Extraño

Qué extraños estos días en que vivo, rara la fe, raro el azar, las estaciones, qué extraño rumbo se dibuja en mí y en estos días, qué extraña forma toma esto que siento, lo que pienso, lo que callo o lo que digo.
Qué rara mezcla de ansiedad, rabia, dolor; qué extraña sensación, saber que estoy hecho de olvidos…
Qué extraña esa fatalidad, que ya me enfrenta a las horas por venir, lo que me asusta; lo que habré de comenzar, lo que me espera, lo que ya no me imagino, y qué oscuro es lo que alcanzo a imaginar, qué grande me ha quedado el porvenir o qué pequeño que soy yo, qué insignificante esto que soy ante el embate del mañana, lo por vivir, lo no existido…

Siento sobre mí, ya el peso de lo nuevo, ya la tristeza de haber dejado atrás otros amaneceres, otra piel, otro camino.

O quizás alguna vez, lo que yo vivo y el pasado se bifurquen nuevamente, o quizás yo ya no exista y eso habrá de ser una salida a lo gris que me rodea, a lo que no sé cómo evitar, lo que lastima y que me duele.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Características

Ya sabés vos cómo pegarle un tiro en la cabeza a todos esos sueños que yo tengo, ya sabés cómo arruinar la fantasía y secar hasta la última gota de vida que hay en todo lo que quiero conservar.
Vos sabés bien cómo hacer para que yo no me imagine que alguna vez podré encontrar una salida a los grises que dominan estas cosas, este cuerpo casi muerto que yo soy, y sabés muy bien cómo poner mi corazón patas arriba, y sabés tapar el sol con una llaga abierta, una laceración que duele y que molesta aquí, en mi alma.
Ya sabés vos cómo hacer que yo no siga con las cosas que creí fáciles de ver, hermosas de soñar; sabés cómo tapar la luz que tengo aquí en mis ojos cada vez que se va el día.
La noche pasa y pasa y no llamás. Así estás matando las palabras. Por qué no dejás la oscuridad de lado y venís a intentar algo, y venís a que intentemos la poesía?

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Para poder dormir

Supongo que dormís bastante bien, ahora que pediste perdón dos mil quinientas veces por haber causado tanto daño.
Supongo que tus sueños son mejores ahora que lavaste tu alma; supongo que mañana a la mañana te vas a despertar con total tranquilidad, en paz con tu conciencia, sin recuerdos que molesten, sin sobresaltos.
Supongo que ahora ya no están las ansias que hasta ayer andaban rondando por tu alma, las ansias de saber qué fue de mí, por dónde andaba yo, si estaba bien, si todavía respiraba.
Yo estoy bien, sabes? Quería que supieras que estoy bien, no te preocupes.
Y quería que supieras que para poder dormir mejor las cosas que hiciste y también lo que dijiste, las cosas que me hacés sentir cada vez que me llamás están muy bien, me tranquilizan, me alejan cada día un poco más de vos, me están dejando cada día a dos millones de kilómetros de vos, lo cual es bueno para ambos, o sólo por si acaso, para que esta noche y todas las que vienen puedas dormir mejor que antes, a mano con tu alma y en paz con tu conciencia.

martes, 15 de septiembre de 2009

Otra forma de ignorarte, por ejemplo, es olvidar las cosas que nunca nos dijimos, las cartas que nunca nos enviamos; olvidar las direcciones que no existen, escuchar esos sonidos que no existen y oír atentamente el llamado que hizo nadie desde el umbral que nunca conocí en busca de respuestas que nadie otorgaría desde ningún lugar, desesperado.

No simpaticé con las personas que por casualidad jamás me presentaste; sólo me fui solo y en silencio a continuar en mi fracaso cotidiano (soy bastante gris y eso, creo, ya lo sabe hasta tu madre) y traté de no pensar después que jamás regresarías, que te había visto en ningún sitio.. Que te había estado imaginando.

Otra forma de ignorarte es, por ejemplo, sacudirme de la ropa ansias de otra noche sin dormir olvidando lo que aún no me ha pasado; limpiar las huellas del fastidio.

De dejar que se descubra que fui victima, y también el victimario, en historias que pudieron comenzar y que no hubiera sabido sostener: aprendí a nunca mentir en estos casos.

Tampoco me agradaron las miradas que pudiste y no quisiste dedicarme cuando al fin logramos encontrarnos; soy descortés, soy desconfiado, además de no gustarme los lugares que te gusta frecuentar, ni siquiera sé sentirme inteligente y si tengo razón, igual soy un tarado. Así que cuando quieras ubicarme tenés otras excusas, otra razón para evitarlo.

Otra forma de ignorarte es, por ejemplo, imitar lo que no sos, recordar lo que no sos, aprender de lo que no hubo para darnos; conocerte sin defectos, sin virtudes (en lo mediocre) y escucharte en lo que nunca hablamos, extrañar lo que nos dijimos nunca y llorar lo que nunca nos odiamos; aprender del tonto que yo soy sin tratar de remediarlo.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Edades

Era a la siesta, cuando el calor pesado hundía a los grandes en la abulia y el sopor, y no se escuchaban más que las chicharras en el patio que daba al descampado.
Saltaban el alambrado de los fondos, y se iban ocho o nueve chicos al terreno de atrás.
Ahí, bajo el sol asesino del verano, jugaban a darle palmaditas al dogo del vecino en la cabeza, y a sacar rápido la mano cuando se les venía encima el tarascón del animal. Acto seguido, corrían con el perro siguiéndolos por detrás, hasta que la larga cadena que lo ataba a un poste se tensaba por completo y ya le impedía darles alcance.
La risa, el susto, la adrenalina; todo eso en un cóctel explosivo que se disfrutaba mucho más al darse vuelta y mirar al animal babeando rabia, ahorcándose con el collar que sostenía la cadena, intentando comprender quiénes eran y “por qué eran” esas personas que lo molestaban una y otra vez sin llevarse nada, absolutamente nada de los enormes galpones que se levantaban a espaldas de su poste, su tutor, su carcelero.
Esta vez era el turno del más chico de ellos.
Se acercó despacio, sin ser visto por el dogo que, aparentemente olvidado de la intromisión reciente, dormitaba plácido a la sombra del único árbol que había en pie, en ese desierto de hierros retorcidos, de restos inútiles de automóviles y máquinas en desuso.
No dormía. Dormitaba.
Los sentidos alerta y la venganza animal revolviéndole las tripas y la escasa inteligencia.
El niño palmeó rápidamente su cabeza y salió disparado, a la carrera hasta los fondos de la casa, con el corazón en la boca y una transpiración fría en las sienes, sin darse vuelta, como si en un momento hubiera tenido la intuición de que no debía hacerlo, no debía hacerlo, que algo había fallado en ese instante.
Le bastó sentir la respiración del dogo a la altura de las piernas para entender que se había roto la cadena, que la frágil cadena que los había separado del peligro estaba rota, y el animal a centímetros de su presa. Él.
El dogo lo alcanzó. Y al alcanzarlo lo mordió.
El dolor fue tan absurdo y tan intenso, que en realidad no lo sintió.
Sólo atinó a mirar al animal, ya con las mandíbulas trabadas en él, en su pierna izquierda; un enorme dogo argentino cuyas mandíbulas buscaban desgarrar, romper, triturar la carne y deshacerse para siempre de quien había osado molestarlo.
Sangre. El niño vio la sangre y entonces, sólo entonces comprendió que perdía parte de la pierna, a la altura del tobillo.
Y se desmayó.

Al volver en sí, dos cosas lo extrañaron.
La primera fue que no había tanta sangre como había visto correr antes de perder el sentido. La segunda fue que no estaba ya en el patio, sino en un galpón lleno de luces fluorescentes, quizás el mismo galpón que cuidaba el animal que se había llevado parte de su pierna.

Y no se equivocaba.

Se miró a sí mismo, recorrió su cuerpo con la mirada un instante, y se vio embutido en un mameluco azul, con la pierna atrapada en los engranajes idiotas de una máquina y vió sus manos llenas de grasa, y vió sus antebrazos, gruesos, poderosos, llenos de vello y se vio a sí mismo, un hombre en una fábrica con una pierna atrapada en una máquina, con una pierna atrapada a la altura del tobillo en una máquina, a la altura de donde él había soñado, hacía instantes, que un dogo lo alcanzaba, con las fauces llenas de odio, con baba, estupidez; en donde hacía instantes la sangre había brotado hasta desmayarlo, qué raro era ver salir tanta sangre de una persona sola, qué raro era verse a uno mismo desangrándose, yéndose, dejando de existir.

Escuchó la orden de no moverse, de no hacer fuerza con la pierna; escuchó la orden, proveniente de ningún lugar.
Escuchó las sirenas ulular y detener su curso las otras máquinas de la fábrica.

En breve llegarían los médicos a asistirlo, y tratarían de sacarlo de ahí, lo más entero posible, salvar su pierna, salvar su sangre, su vida. y mientras tanto, él pensaría en aquel niño, en las trampas de la mente, en el sueño vívido que había tenido en aquel patio, en el olor tan exacto a mierda de perro, a baba de perro, a músculo de perro. A tendones, piel de perro, salvajismo, odio, idiotez de perro, un perro que lo había mordido tan pero tan fuerte, que en realidad ni siquiera había tenido tiempo de gritarlo, de llorarlo, de sentirlo.
Y así, pensando en todo eso, volvió a desmayarse.
Escuchó las voces, a medida que se tornaban inaudibles, y escuchó también un zumbido insoportable. Así era como moría la cordura?
Quién era él? Adónde estaba? Por qué creía estar en donde estaba y lo que la realidad le devolvía era solamente un espejismo de lo que él quería que fuera lo real?
Ahí volvía él. Quién? Él mismo. El niño que corrió asustado. El operario de la fábrica, embutido en un overol azul. El de las piernas, el del tiempo cojo, el de las realidades vagas, él.
Ahí volvía. Creyó otra vez que estaba allá en la fábrica, y soñó con los olores que venían de la calle, y pensó en los sitios que cruzaba, camino de la escuela o del trabajo, o camino tal vez a ningún lado, porque ya no sabía en qué tiempo era él, en qué tiempo transcurría su hoy, o tal vez ya no.
Y se incorporó en una cama fría de hospital, desesperado.
Quiso pedir explicaciones, quiso que alguien le dijera el por qué de lo blanco de su pelo, el por qué del ánimo que estaba echando en falta.
El por qué de ese dolor que era.
Descorrió las sábanas, con ánimos de huir a ningún lado, y descubrió con espanto, que el dolor que sentía allá en su pierna era el dolor de lo que ya no era, porque su pierna ya no estaba, porque había sido amputada y un muñon por encima de la rodilla y luego nada más.

Entonces comprendió que lo que había soñado, en realidad nunca hubo de existir, o tal vez que el presente que vivía ya se había fundido en el pasado, y que las cosas que vivía no tenían un hoy, porque el hoy no duraba sino que transcurría y ya no había forma de medirlo.
Un niño, un hombre, aquel anciano. Él era todas las edades a la vez, y a la vez ya era el tiempo, porque el tiempo, el inexorable ya estaba golpeando a su puerta, ya lo llamaba a la vida, de nuevo lo buscaba.

Sólo atinó a sentenciar un enigmático "Hasta cuándo?"