jueves, 12 de diciembre de 2013

Rastro

Yo en cambio
existo en esa,
la huella extraviada
de lo que no se
explica ni se dice.
Arderé en un sol
sin compasión
cuando vuelvas
a ver
la luz que ya no soy.

Qué más decir?
Ah, sí:
hoy y aquí,
como mañana
y como siempre
espera ansiosa
repetirte
aún
mi
voz.

martes, 10 de diciembre de 2013

Tácito

Va sobre la garra, la cautiva,
que se inscribe ahí en la carne con la velocidad de los halcones,
prodigio en vuelo sus muslos descubiertos,
dibujados al carbón en la pizarra de mi mente.
Monto un juego idiota, de ajedrez,
en donde los colores, que son dos, ya no son más que uno.

Firmar la paz. Aborrecer la rendición.

En cada encuentro,
el combate, el rojosangre,
la extremaunción.
En cada despedida,
las lágrimas, la calma,
y el dolor.

martes, 18 de junio de 2013

Solucion suicida

Estamos a un paso de la oscuridad,
producto de mentes que nos quieren ahogar
en el pantano cruel de la violencia.

Llegado el momento, para soportar
el duro tormento, tenemos que luchar
contra los que generan la demencia.

Pronto utiliza tus fuerzas para vencer
a quienes dia tras dia ocultan la luz,
dejando en ti las ideas de la corrupcion y el dolor.
De la corrupcion y el dolor,
productor de tu impaciencia.

Activa tu mente para eliminar
el duende perverso que dentro tuyo esta
cargandote de negativas fuerzas.

Pronto utiliza tus fuerzas para vencer
a quienes dia tras dia ocultan la luz,
dejando en ti las ideas de la corrupcion y el dolor.
De la corrupcion y el dolor,
productor de tu impaciencia.



Horcas - Oid Mortales el Grito Sangrado - 1992

martes, 23 de abril de 2013

La Habitación

Absolutamente nadie sabía qué era lo que había detrás de aquella puerta.
Cualquiera que caminara por los pasillos sabía que estaba prohibida, que probablemente estuviera sellada, y la llamaban ‘maldita’.
Aunque nadie había intentado trasponerla, el miedo que producían las historias que se tejían alrededor, reprimían toda valentía, toda curiosidad, cualquier intento.
Durante años había permanecido olvidada aquella puerta, como si el hecho de ignorarla, de algún modo produjera un hechizo que terminaba por tranquilizar a todos aquellos que sabían que, en efecto, la puerta estaba maldita.
El resto del viejo edificio funcionaba con aparente normalidad; cientos de oficinas con cientos de empleados públicos en ellas. Bloques y bloques de abulia y burocracia. La apatía que reinaba en todas aquellas reparticiones sólo se veía alterada cuando alguien recordaba u osaba mencionar acerca de lo que ya no se hablaba. Cualquier comentario era sellado con torvas miradas, o directamente, con adustos gestos de desaprobación.
Pero, ¿cómo se había llegado a esas instancias? ¿Quién había descubierto aquello? ¿Es que en realidad se había descubierto, o acaso el misterio había nacido con la edificación? ¿Qué extraños y oscuros acontecimientos sucedían detrás de aquella puerta, para que nadie se animara a hablar de ella?
Había quien se aventuraba con historias de venganzas: un hombre enemistado con un compañero de trabajo espera hasta el horario, y al salir alcanza al otro para clavarle una navaja a la altura del hígado. Otros hablaban de un suicidio, de apariciones que rondaban el lugar y rechazaban cualquier intento de ingreso a todo aquel que no les resultara conocido.
Fantasía o cosa cierta, los registros oficiales del edificio, poco y nada decían acerca de esa oficina que parecía estar clausurada, cerrada al público, negada a toda visita.
Sin embargo, quienes sin pertenecer a la repartición, transitaban los pasillos con cierta asiduidad, comentaban que si bien no habían tenido necesidad de entrar, oían dentro voces, ruidos de objetos trajinados, en fin, signos de alguna actividad.
Alguien deslizó que ya iba siendo tiempo de poner fin a ese misterio.
Alguien deslizó que ya iba siendo tiempo de que alguien se atreviera a entrar. Que el temor fuera dejado de lado y que alguien se atreviera a abrir “eso”.
“Eso”, era la puerta. “Eso”, era lo que nadie se animaba nisiquiera a tocar.
¿Qué clase de extraña brujería había enterrado en un mal recuerdo aquella habitación? ¿Qué clase de secretos escondía? ¿Qué milenario conjuro había desterrado la luz, los pensamientos agradables de aquel sitio?
Llevaba todos esos años cerrada al público, y sin embargo, nadie había preguntado quiénes trabajaban, qué función cumplían, para qué estaban, estuviese quien estuviese detrás de aquella puerta.
¿Y por qué se había estado todo ese tiempo sin averiguarlo?
Quizás a nadie le interesaba saberlo realmente.
Quizás se temía la verdad.


La tensión del elegido se sentía en el aire. Por unánime decisión, había sido designado como responsable final de girar el picaporte de esa puerta. Su miedo y su angustia se respiraban a partes iguales en el ambiente enrarecido de aquella oficina pública.
A la hora señalada, el elegido estaba solo. Los demás fingían trabajar, aunque resultaba demasiado evidente que todo el mundo estaba pendiente de la puerta.
A la hora señalada, el elegido era como un muerto que deambulaba sin sentido ni razón.
A la hora señalada, el elegido se aferró nervioso al picaporte.
Todo se sacudió como en un espasmo. Y luego todo se detuvo.
Se podía oir hasta el silencio.
La puerta se abrió.
Dentro, dos cabezas giraron sorprendidas, mirando a quien había entrado.
-Buenos días-, dijeron al unísono. Sólo dos personas.
En el filo del miedo y el alivio, el elegido respondió cualquier cosa, que iba a otro piso, que se había equivocado…
-Hasta luego-.
Y con un suave golpe, la puerta se cerró.
El misterio se había sido resuelto. Dentro de aquella habitación no había nada, sólo dos viejos empleados, hundidos en pilas y pilas de expedientes.
Los miedos, tan reales ellos, construían otras tantas realidades en el alma de la gente.
Los miedos se habían asentado, formando una costra en la razón.
Todos respiraron aliviados, como si un peso les hubiera sido quitado de encima.
La puerta se cerró, y ya no volvió a ser abierta sin permiso.
Lo que nunca jamás se supo fue que la maldad habitaba en ese cuarto, en los corazones apagados de esos hombres, que fingían trabajar, mientras urdían planes para perjudicar o eliminar a quienes les resultaran peligrosos o molestos.

jueves, 14 de marzo de 2013

A veces

Sabés que sí,
que a veces yo también
hundo la jeta en una almohada
y lloro por las cosas que perdí,
y por todo lo que sé
que ya no tiene solución
pero igual me deja un hueco
aquí en el alma?
Sabés que sí,
que en ciertas noches
salgo a caminar con rumbo nada
y me voy preguntando a cada rato
si estuvo bien esta vida que viví
si es que soy buena persona
o si soy una cagada,
si estas cosas grises las merezco,
si está bien estar despierto hasta que ya
no queda más que morfar la madrugada?
Sabés que sí,
que a veces tengo ganas
de meter la cabeza bajo el piso,
de enterrarme debajo de la cama
y esperar al menos cinco años
hasta que ya no haya más lágrimas?

A veces tengo
esta y otras sensaciones
aquí, dentro del pecho.
A veces siento
que todo lo que hago o vaya a hacer
va a ser inútil.
Entonces rezo.
No sé cómo
(tampoco sé el por qué),
pero junto las manos
y bajo la cabeza
en señal de rendición.
Y rezo.

Y Dios nunca contesta,
o yo anoté mal su teléfono
y estoy marcando al pedo
y no haya solución
para absolutamente
nada.