-”Necesito escaparme. Llegar a algún lugar seguro en donde…”- pensaba mientras armaba un bolsito con dos o tres mudas de ropa sacadas al azar de ningún lado.
Planificaba sus cosas así, de improviso; pensando en caliente y sin preocuparse por lo que hubiera de suceder después.
No estaba en sus planes razonar.
Aunque esta vez sabía que era necesario escapar.
A cada segundo su piel se hacía menos suave. Y empalidecía. Se llenaba de arrugas, se volvía seca, mustia. Como esas flores que pasan un tiempo prolongado arriba de un ataúd y al final te piden pido. Como las hojas del otoño, ésas hojas del otoño que se pisan y hacen ‘crack’ cuando se quiebran.
Envejecía más rápido. Y lo sabía.
-”Algún lugar en donde…”- quería pensar, y no podía completar su pensamiento.
Justo él. Él estaba envejeciendo. Él, que siempre había querido mantener su capacidad de curiosidad y de asombro intactas. Él, que adoraba caminar bajo la lluvia, o empañar los vidrios con su aliento en el invierno y dejar dibujos, o tal vez algunas frases sueltas para mirar después cómo se desvanecían.
Él, que siempre había querido ser un niño. Que siempre había soñado con la idea de fugar el alma hacia algún país inexistente, a algún lugar en donde no existiera la tristeza ni el dolor.
A algún lugar imaginario.
(-”A algún lugar en donde…”-) quiso pensar y no pudo.
Se moría. A cada segundo se moría. Y lo podía presentir dentro de sí.
-”Algún lugar…”- repetía cada vez más desesperado, como si el aliento estuviera abandonándolo, como si el cuerpo estuviera abandonándolo (o era él quien esta vez abandonaba a su cuerpo?) y las cosas que alguna vez hubo de soñar quedaran inconclusas.
Inconclusas.
Alcanzó a cerrar el bolso antes de caer sobre la alfombra. Y ya no hubo nada más después de esa última caída.
Lo encontró la mujer que limpiaba la pensión donde vivía. La única persona que osaba dirigirle la palabra. Ella lo encontró.
El trámite fue rápido y conciso. El forense que lo vió no gastó muchas palabras de su extenso vocabulario médico en ese último diagnóstico: “Paro cardirespiratorio no traumático”.
Aunque arriesgan los que saben, las personas que dicen que lo pudieron conocer, que se murió de tristeza.
Yo sé bien de qué murió.
Yo sé bien que el último día de su vida, en esa misma tarde, había decidido escapar.
De la soledad, quería escapar y se escapaba. Pero lo hizo tarde.
Y en vano.