miércoles, 30 de diciembre de 2009

Distancias

Les vamos a decir, les vamos a explicar que siempre habrá personas que están más juntas y funcionan mejor de a dos si las separa la distancia.
Trataremos de que entiendan que así como las nubes se unen entre sí y forman formas tontas; que así como explotan sin razón dos bombas en un sitio, un mismo lugar; así como dos almas que se encuentran se abrazan mutuamente, como abraza el sol las flores en verano y las mata, así fue lo vivimos vos y yo, y les diremos que fue hermoso, que fue la vida toda y que fue nada haber traído tanto amor entre nosotros porque fue una bendición y fue algo que jamás imaginamos, porque fue el todo que aún nos guía, lo que necesitábamos en esta vida, aún cuando después de esa explosión ya no haya nada, aunque las nubes formen formas tontas, aunque exploten las bombas asesinas, día a día, de dos en dos, un mismo lugar, un mismo sitio y las almas de nosotros ya no puedan encontrarse, ya no más.
Aunque no haya entre nosotros más “mañana”.


Ya sé que no sabremos explicarles cómo es que viene doliendo este dolor. El tiempo les dirá. El tiempo nos dirá.
El tiempo siempre es quien nos habla.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Lágrimas

Vos dejá que llore, que a lo mejor un día se me pase y yo me olvide de todas esas cosas que una vez me lastimaron, me vuelva a sacudir la mugre de la ropa y me vuelva a levantar una vez más.
Vos dejá que yo me tire unas horitas en la cama y así vestido, duerma y sueñe sueños que te duelan, y vas a ver que cuando me despierte, cuando logre despertar (y te des cuenta que estoy bien, que ya ha pasado todo) voy a estar un poco más tranquilo, al asumir que son sueños, sólo sueños o algún triste dèja vu que pensé que imaginé que imaginaba.
Vos dejá que yo esté triste un par de horitas, o tal vez un par de días.
Pero triste al mango, sí? Con toda la tristeza, con toda la amargura que sea posible que yo tenga, y vas a ver que cuando yo termine de llorar voy a ser de nuevo ese, el que vos querrías siempre que yo fuera.
Pero vos dejá que llore, dejá que yo me muera ahogado en los recuerdos que más duelan, para así cuando tenga que salir, cruzar la puerta, irme de aquí, cuando tenga que enfrentarme a un día hermoso, a plena luz, (un nuevo día) no sienta que es extraño andar sin lágrimas. No sienta que es extraño estar feliz.

Pero vos dejá que llore, que también a veces está bueno andar gastando lágrimas por alguien que sabés que nunca pudo amarte, por alguien que sabés que jamás pudo sentir.

lunes, 14 de diciembre de 2009

In vain

-”Necesito escaparme. Llegar a algún lugar seguro en donde…”- pensaba mientras armaba un bolsito con dos o tres mudas de ropa sacadas al azar de ningún lado.
Planificaba sus cosas así, de improviso; pensando en caliente y sin preocuparse por lo que hubiera de suceder después.
No estaba en sus planes razonar.
Aunque esta vez sabía que era necesario escapar.
A cada segundo su piel se hacía menos suave. Y empalidecía. Se llenaba de arrugas, se volvía seca, mustia. Como esas flores que pasan un tiempo prolongado arriba de un ataúd y al final te piden pido. Como las hojas del otoño, ésas hojas del otoño que se pisan y hacen ‘crack’ cuando se quiebran.
Envejecía más rápido. Y lo sabía.

-”Algún lugar en donde…”- quería pensar, y no podía completar su pensamiento.

Justo él. Él estaba envejeciendo. Él, que siempre había querido mantener su capacidad de curiosidad y de asombro intactas. Él, que adoraba caminar bajo la lluvia, o empañar los vidrios con su aliento en el invierno y dejar dibujos, o tal vez algunas frases sueltas para mirar después cómo se desvanecían.
Él, que siempre había querido ser un niño. Que siempre había soñado con la idea de fugar el alma hacia algún país inexistente, a algún lugar en donde no existiera la tristeza ni el dolor.
A algún lugar imaginario.
(-”A algún lugar en donde…”-) quiso pensar y no pudo.
Se moría. A cada segundo se moría. Y lo podía presentir dentro de sí.
-”Algún lugar…”- repetía cada vez más desesperado, como si el aliento estuviera abandonándolo, como si el cuerpo estuviera abandonándolo (o era él quien esta vez abandonaba a su cuerpo?) y las cosas que alguna vez hubo de soñar quedaran inconclusas.
Inconclusas.

Alcanzó a cerrar el bolso antes de caer sobre la alfombra. Y ya no hubo nada más después de esa última caída.
Lo encontró la mujer que limpiaba la pensión donde vivía. La única persona que osaba dirigirle la palabra. Ella lo encontró.
El trámite fue rápido y conciso. El forense que lo vió no gastó muchas palabras de su extenso vocabulario médico en ese último diagnóstico: “Paro cardirespiratorio no traumático”.
Aunque arriesgan los que saben, las personas que dicen que lo pudieron conocer, que se murió de tristeza.

Yo sé bien de qué murió.
Yo sé bien que el último día de su vida, en esa misma tarde, había decidido escapar.
De la soledad, quería escapar y se escapaba. Pero lo hizo tarde.
Y en vano.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Hasta Siempre!

Supongo que alguien está alisando la solapa de ese traje que jamás te he visto usar, y tu madre arreglará después el nudo, en la corbata más horrenda que haya visto yo en mi vida.
Acá no hablaron de cómo hacer para dejarse ir como te fuiste vos ayer, ni de cómo arreglárselas para que el corte de mangas a los cansancios que me quedan no sean la pedrada a los vidrios de una iglesia; no hablaron nunca de eso, las crónicas del día.

Que hay de las cosas que tenías que enseñarme?
Cuántos eran esos muros que me ibas a ayudar a derrumbar?

Vos no te das ni puta idea, el hueco que me queda acá, en el pecho.
Vos no te das ni puta idea, las sombras que se asoman por la puerta.
Vos no te das ni puta idea de lo que va a ser volver a comenzar otro año, sin vos.

Sentimiento Impalpable


Esto recién comienza...

jueves, 3 de diciembre de 2009

En

Por el intestino mismo de las cosas que no tengo, de los días que han pasado y el escalofrío turbio de la soledad, por la espina dorsal de aquellas cosas que han abierto heridas y han inscripto tiempo y llanto, por el costado gris de la mediocridad.
Por los oscuros laberintos de la mente, por los subterráneos de la felicidad que ya no está. Por esas galerías congeladas en donde esperan los que alguna vez se fueron, en donde están los que no están.

En cuerpo y alma, en el color, en los sonidos, en las formas, en lo que fui y en lo que ya no más, en todo aquello que he vivido, en lo que aprendí a callar, en lo que amo, en todo lo que odio, en las cosas que mueren poco a poco dentro de mí, en los olores, en las visceras, en las cosas descompuestas, en lo que no podré solucionar; en los gritos y en la música, en las palabras, la armonía, en los trozos de papel en los que escribo, en los muertos pensamientos, en las naturalezas muertas, en las ideas que no tengo, en lo que ya no sé olvidar.

Por el filo de la angustia, en el borde del horror, a la orilla de todas nuestras cobardías y alejado del amor.
Caminando ciego. Sintiendo sin sentir.

Así estoy yo si me buscás, si me encontrás.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Icono

IMPALPABLE...


Próximamente.

domingo, 29 de noviembre de 2009

De ida y vuelta

En la canción que están pásando por la radio, se escucha una minita cantar:

“No se necesita respirar para documentar que estamos vivos.”

Yo pienso en todas esas veces que me quedé despierto por las noches, mirando a través de la ventana, tratando de separar las cosas muertas que desfilaban por la calle, a las cuatro o a las cinco de la mañana, tratando de separarlas de algo que esperaba que pasara y que (para mí) fuera mejor, que valiera la pena, que me dejara cosas que no fueran otra pelicula de terror. Pienso en las cosas que soñaba ver llegar por la vereda y golpearme la ventana. Pienso en todas las veces que cerré los ojos y me despertaron los primeros autos que pasaban por la calle, ya de día, en la mañana, y en cómo lamentaba una noche más, perdida, esperando algo que supuse que nunca iría a alcanzar.

A pasitos de la terminal están mis sueños. Un boleto en micro hacia ningún lugar y las ansias de volver a comenzar o en una tarifa bien cobrada hasta el aeropuerto Taravella está la ida. La salida.

Partir.
Viajar.
Llegar.

A quién le habré contado de esos sueños que tenía y nunca pude concretar? Y cuántos son los días que lloré por esas cosas que se habían terminado sin poderlas comenzar? Quiénes son los que llegaron hasta mí con una lágrima igual y una caricia? Y quiénes son los que vinieron a mirar que estaba roto y desarmado y nada más?

En Avellaneda y Garibaldi está la vida. La misma gente que camina y que ama, llora, cree, vive, odia, besa y que celebra la emoción constante de la vida, la emoción constante de sentir que afuera todo es vida porque se han permitido el lujo de creer que es cierto, que están vivos por el sólo hecho de salir a caminar.
En Avellaneda y Garibaldi está la gente que no quiero ni mirar.

Y aquí dentro, en la canción que están pasando por la radio, se escucha una minita cantar:

“No necesitamos nuestros huesos para saber que ya nacimos. No necesitamos estar juntos, estar bien, sufrir, amar. No necesitamos olvidar.”

Aquí dentro siento el peso de mis huesos, cada vez más muerto, más enrarecido el aire que respiro, más pesados los caminos por andar. Amanezco una y otra vez bajo mi piel y sin remedio; lo bueno no viene más a mí, si no es en frasco chico y a un mal precio, y lo que pago por la tranquilidad y los silencios me aleja de las cosas que, me dicen, debería conocer.
Y conocerme? Y saber quién soy o quién he sido?
Lo sé; nadie borrará las manchas. Nadie apagará los gritos. Nunca olvidaré los ruidos, los pasos, los latidos que escuché detrás de cada mundo, de cada habitación en la que estuve.
Detrás de cada pared, otra pared.

“No se necesita respirar para documentar que estamos vivos. No necesitamos nuestros huesos para saber que ya nacimos. No necesitamos olvidar.”

domingo, 22 de noviembre de 2009

Treinta Denarios

Respirar profundo, abrir los brazos; dejarlos en cruz como hace un Cristo que se está viniendo abajo. Preguntár por cuánto tiempo más vas a tener que rezar por un milagro, ése, el que estabas precisando, y estornudar sin taparte con el dorso de la mano.
Caminar rápidamente, llegar a ningún lado, dejar llena de marcas la pared, desestimar los días malos. Rechazar el vino en caja, las aceitunas viejas, los quesos rancios.

Tener las bolas suficientes para tirar la vida a la marchanta, jugar la última carta al todo o nada. Sostenerle la mirada al diablo. Y darse cuenta de que por pancho se ha perdido lo que costó un perú ganar y que los besos, los abrazos, la felicidad de ésa, la gente que te dice que te quiere, a veces están llenos de un odio inexplicable y que tu amor vale, para ellos, mucho menos que aquellos, los famosos treinta denarios.

Respirar profundo, abrir los brazos; dejarlos en cruz como hace un Cristo que se está viniendo abajo. Preguntár por cuánto tiempo más tendrás que esperar por tu milagro, ése, el que estabas precisando, y saber que vas camino del camino de las cosas que se mueren, que los abrazos, los besos, y hasta la felicidad son verso sobre un verso que no existe porque alguien se ha encargado de ponerle un precio sin valor hasta al amor, hasta al aliento contenido, hasta al aire respirado.

martes, 17 de noviembre de 2009

Lo que no comprendo

Ya estás ahí. Ya sos memoria triste, te has ido convirtiendo poco a poco en un recuerdo. Ya sos una etiqueta de diez para calmar las ansias mal paridas de no verte cuando sueño, para calmar esto que soy cuando te sueño, para no ir a la terraza y escupir las mil puteadas con las que me atoré en el desayuno esta mañana. Para no vomitar el desayuno y todo este amor que hoy está muerto.

Y estás ahí. Te veo ahí. Ya sos otro recuerdo.
A veces, el planeta entero se cubre de agujeros y voy quedándome sin sitios adonde ir a morirme; es entonces cuando necesito creer en ese dios que me da la manito que preciso y que no tengo, como para entender que no todo está vacío y que no todo está prohibido y que no todo es tan absurdo como pienso, como para entender que las cosas que me salen porque sí, como tratar de alcanzarte mientras te vas picando los championes, rayando el suelo, no es tan errado como creo, y que a veces, sólo a veces, el culpable no soy yo.
Qué querés que diga: A veces me doy un cachito así de amor.
Pero no lo consigo disfrutar. Y a eso tampoco lo comprendo.

Tampoco entiendo el por qué de las cosas que me vienen sucediendo. No entiendo el por qué del cielo abierto, los escapes hasta el alma, los días que pasan como yéndose en silencio, las pesadillas que parecen realidad en un momento, el sueño siempre el sueño, el que no consigo conciliar.

No entiendo el por qué de las cosas que suceden. No entiendo el espanto de estar así, viviendo. No entiendo el espanto de ser yo.
O por qué este poquito que soy se va pudriendo.
Jamás entenderé que las personas que yo quiero se transformen por defecto, como vos, en un recuerdo. O que lo hermoso dure lo que dura un gringo allá en el Bronx. Un sudaca en Barcelona. Un negro en Texas. Un moishe en Auschwitz.

Lo que resta de mí en tus deseos.