Una semana. Dos. Y la duda profunda, molesta y aterradora de si vendrían por fin o no a buscarlo.
Finalmente asumió que el niño había echado todo al olvido.
No importaba. Ya vendrían otros.
Ese Domingo, en la misa, dió uno de sus mejores sermones acerca de lo sagrado de la infancia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario